miércoles, 5 de marzo de 2014

¿Termina la “memoria hemipléjica” en la Iglesia?

Ha causado profunda sorpresa, fuera y dentro de los medios católicos, el Discurso del Papa Francisco, dirigido a los miembros de la Pontificia Comisión para América Latina, pronunciado en Roma el pasado 28 de febrero. Hablando acerca de los desafíos que enfrenta hoy la Iglesia en la misión de transmitir la Fe a los jóvenes, el Santo Padre ha reconocido, expresamente, que en la Argentina, en los años setenta muchos jóvenes provenientes de círculos y ámbitos católicos formaron en los cuadros de la guerrilla. He aquí las palabras textuales del Papa: “Otra cosa que es importante para la juventud, transmitir a la juventud, a los chicos también, pero sobre todo a la juventud, es el buen manejo de la utopía. Nosotros en América Latina hemos tenido la experiencia de un manejo no del todo equilibrado de la utopía y que en algún lugar, en algunos lugares, no en todos, en algún momento nos desbordó. Al menos en el caso de Argentina podemos decir ¡cuántos muchachos de la Acción Católica, por una mala educación de la utopía, terminaron en la guerrilla de los años setenta! “ Resulta ocioso señalar la importancia de este reconocimiento, el primero que se hace oficialmente en la Iglesia y nada menos que por boca del Papa. La Jerarquía católica argentina (salvo excepciones) ignoró siempre este hecho, pese a su enorme gravedad; la memoria histórica eclesiástica, también ella afectada, al parecer, de cierta hemiplejía, nunca lo registró. Pero, ahora, la palabra papal pone el tema sobre el tapete y va a ser muy difícil seguir eludiéndolo. El Papa ha dicho lo suyo; y es bastante. Lo que da ocasión a que se recuerden algunas cosas. Por ejemplo cuáles fueron las causas de que tantos jóvenes católicos terminaran en las filas del terrorismo y quienes los responsables de este hecho atroz. Los hombres de mi generación, la del Papa, conocen por experiencia directa, la respuesta. Lo han vivido. En el clima de confusión y de agitación que signó los años inmediatamente posteriores al Concilio Vaticano II, se impuso en numerosos círculos católicos una visión adulterada de la Fe. La Fe de Cristo fue sustituida por la falsa utopía de la revolución comunista y el lugar de la esperanza cristiana fue ocupado por la ilusión falaz del paraíso marxista. La teología de la liberación, primero, el tercermundismo, después, crecidos ambos al calor del desbarajuste posconciliar, fueron los instrumentos ideológicos que posibilitaron el pasaje de tantos jóvenes de la filas de la más acendrada militancia católica a las huestes partisanas. Este trasiego de la Fe de Cristo a la herejía tercermundista y liberacionista es la causa profunda del hecho hoy, finalmente, reconocido por la más alta voz de la Iglesia. ¿Y a quienes hay que imputar la responsabilidad de esta verdadera tragedia que tanto daño hizo a las almas y contribuyó en gran medida a sumir a la Argentina en un baño de sangre? En primer lugar, a los Pastores que por acción u omisión, no cumplieron con el grave deber de cuidar el rebaño a ellos confiados. Los que reaccionaron y se opusieron -tal, entre otros, los casos de Monseñor Castellano, arzobispo de Córdoba (la rebelión contra este santo obispo lo dirigió su auxiliar, Angelelli) y Monseñor Buteler, arzobispo de Mendoza- fueron literalmente barridos de sus diócesis y abandonados, duele decirlo pero es la verdad, por la Santa Sede. El único obispo que logró resistir la marea tercermundista en su jurisdicción y ser entendido por Roma, fue el arzobispo de Rosario, Monseñor Bolatti. Cuando el Episcopado reaccionó colectivamente ya era tarde y el mal había avanzado demasiado. Hubo, también, felizmente muy pocos, pero los hubo, obispos que promovieron expresamente la subversión, que la alentaron y a quienes les cabe una responsabilidad mayor. Finalmente, hay que sumar a todos estos los numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, catequistas y dirigentes laicos que no solamente empujaron a los jóvenes a la guerrilla sino que ellos mismos, en muchos casos, tomaron las armas. Esto hay que decirlo. Pero no, como pueda pensarse por una mera reivindicación de la verdad histórica (que es importante) ni menos aún por una pobre justicia humana que ya no puede alcanzar a nadie. No, hay que decirlo en razón de la Fe, como una exigencia de la Fe. Porque lo que aquí se juega es, precisamente, la Fe. El mismo Papa, en el discurso que comentamos, lo dice: “El futuro, ¿cuál es? Una obligación. La traditio fidei es también, traditio spei y la tenemos que dar”. Es decir, transmitir la Fe y la Esperanza que vienen de lo alto en lugar de hacernos cómplices de los mesianismos demasiado terrenos. Y esto suena más católico que la utopía.

jueves, 28 de marzo de 2013

Nuevo sitio de Marcelo Di Marco


El querido maestro y amigo Marcelo Di Marco, novelista católico, ha abierto su nuevo sitio para seguir sus clases de escritura.

He aquí el enlace.

Rogamos a nuestros lectores visitar y difundir. 


http://www.youtube.com/user/TallerCyC?feature=mhee


martes, 24 de julio de 2012

Ovejas sin pastor

Et vidit multam turbam et misertus est super eos, quia erant sicut oves non habentes pastorem (Marcos, 6, 34)

La liturgia de la palabra de este XVI Domingo del Tiempo Ordinario nos pone frente a la figura del Pastor, más propiamente de Cristo, Pastor, Universal y Supremo. Sin embargo cada uno de los textos que la componen tiene un matiz diverso a la manera de un acento distinto con el que el Verbo de Dios nos interpela. Así, la profecía de Jeremías (Jeremías, 23, 1-6), que abre las lecturas, nos trae la voz del Profeta que increpa y apostrofa a los malos pastores, aquellos que se apacientan a sí mismos y dispersan al rebaño. Palabras durísimas que hacen estremecer pero que el Señor misericordioso compensa con la promesa de buenos pastores -que harán que las ovejas ya no anden medrosas ni asustadas- y el anuncio de un rey sabio y prudente que regirá la tierra con justicia. A continuación el Salmo 22 trae el canto del alma que, confiada y gozosa, oye los silbos amorosos del Pastor que la llama, la guía y la conduce a las praderas de quietud: el Señor es mi pastor nada me puede faltar. El texto de San Pablo (Efesios 2, 13-18), si bien no incluye la figura del Pastor, es un llamado a los pueblos gentiles, los que antes andaban lejos, para que se vuelvan a Jesucristo, Rey y Pastor Universal y Supremo, que con su Cruz ha hecho de gentiles y judíos un solo pueblo derribando con su Cuerpo el muro de la enemistad. La Epístola de Pablo presenta y anuncia, así, la salvación universal de Cristo y constituye una suerte de vértice de plenitud y gloria de estas lecturas.
Pero cuando el alma ha sido llevada por el ritmo y los acentos de los textos sagrados a este vértice de gloria y de plenitud, el Evangelio (San Marcos, 6, 30, 34), nos vuelve, de pronto, hacia otro costado de la realidad. Narra Marcos que los discípulos, enviados por el Señor a predicar a las ovejas de Israel, regresan a darle cuenta de cuanto han hecho y enseñado. El relato nos pone, pues, en primer término, frente a este retorno de los apóstoles, el retorno a Cristo, el Señor, la referencia última y única de todas sus andanzas. Santo Tomás, en el comentario de este pasaje, trae un bello y expresivo texto de San Jerónimo en el que se compara el regreso de los discípulos al retorno de los ríos a su origen: Los ríos van a desaguar al lugar de donde salieron (Catena Aurea, Marcos, VI, lectio 5). Como ríos, pues, que tornan a su origen, así vuelven los discípulos al Señor. Pero, añade Marcos, los apóstoles vuelven cansados, agobiados (tentados estamos de imaginarlos cubiertos del polvo de los caminos, ya sin aliento, quizás a punto de desplomarse), pues eran tantos los que los seguían y se agolpaban que ni tiempo tenían para comer. En este segundo momento del relato, el texto nos pone frente al cansancio de los apóstoles y la exquisita caridad del Señor que los invita a descansar. El Señor, en efecto, los invita a reposar un poco, a un sitio solitario, junto a Él: Venite… in desertum locum et requiescite pusillum. Cristo es nuestro descanso y a Él volvemos como refugio de nuestras fatigas cuando el cansancio agobia. A lo largo de los siglos, millones de seres humanos, discípulos de Jesús, misioneros y pastores, han buscado este refugio a los pies del Sagrario, han vuelto a la soledad de la celda, al consuelo, siquiera breve, de la contemplación y de la oración, a los brazos amantes del Pastor que repara sus fuerzas. Y muchos más seguirán haciendo esto mismo hasta el fin de los tiempos. Este reposo breve no es aún, al decir de San Jerónimo, el festín en que se beberá vino nuevo y se cantará un nuevo himno por hombres nuevos (cf. Catena Aurea, loc. cit.). Pero hasta que llegue este festín definitivo el Señor seguirá diciendo a sus pastores: Venite… et requiescite pusillum. Y el que no acepte esta invitación del Señor verá frustrado su pastoreo.
Llegados a esta altura del relato, el Evangelio vuelve, enseguida, a cambiar el ángulo de la realidad, ésta sí definitivamente conmovedora y sobre la que queremos meditar, ahora, siquiera por unos momentos. El Señor, Aquel a quien hace instantes contemplábamos en la plenitud de su gloria de la mano de Pablo, ahora es el Pastor solícito que nos interpela con su mirada, mirada dirigida a las muchedumbres que lo siguen. Cristo ve a la multitud, una multitud abigarrada, apiñada, que lo busca sin reparar en nada, ni en la comida, ni en la hora del día, ni en el calor, ni en el frío. Cristo ve a todos y a cada uno de esos hombres que integran la multitud. El Señor los ve: Et vidit multam turbam… ¿Cómo no conmoverse ante esta mirada del Señor, ante el fulgor de esos ojos abiertos de Cristo, rasgados por la misericordia? Porque Cristo ve y, al tiempo, se compadece de la multitud: Misertus est super eos. Aquí el vidit y el misertus anudan y abarcan la infinita totalidad de esa mirada de Cristo sobre el hombre. ¿Y qué es lo que provoca este ver misericordioso del Señor? Marcos lo dice con una sobriedad sobrecogedora de palabras: porque eran como ovejas que no tienen pastor.
La vista del rebaño huérfano, disgregado, sin rumbo y sin guía -y volvemos al texto primero de Jeremías- conmueve las entrañas de Cristo. La pregunta es esta: ¿nos conmueve hoy, a nosotros, esa mirada misericordiosa de Cristo, conmueve nuestras entrañas la conmoción del corazón del Pastor? ¿Somos suficientemente concientes de que el espectáculo hodierno del mundo y de la Iglesia provoca, de nuevo, la mirada de Cristo?
¡También hoy Cristo vidit et misertus est! ¡Tantas multitudes que andan sin pastores! ¡Tantos pastores, ay, en nuestra Iglesia, que se apacientan a sí mismos y disgregan el rebaño! ¡Tanto rebaño descarriado mientras los pastores duermen! ¡Tantos pastores que olvidan que su misión es enseñar, regir y santificar la grey y no proponerse a sí mismos! ¡Tantos que olvidan que deben ofrecer el Sacrificio del Cordero en cada misa y el Pan de la Vida y no el pobre pan de un banquete demasiado humano! ¡Cuántas ovejas, a su vez, ganadas por la soberbia de una “fe adulta” que no quieren oír ni al Pastor ni a su Vicario, ni a sus ministros!
No hemos podido escapar a la conmoción de este Evangelio, a la sensación, casi física, de que la desgarrada mirada del Señor se derrama sobre cada uno de nosotros. Nos hemos sentido envueltos en esa mirada dulce y misericordiosa del Pastor Supremo y le hemos suplicado que nunca la aparte de nosotros.
A la luz y al calor de esa mirada, brota de nuestro corazón cansado la plegaria que la Iglesia repite en la festividad de los Sumos Pontífices: Gregem tuum, Pastor aeterne, placatus intende.

 

Mario Caponnetto

lunes, 11 de julio de 2011

Nueva Novela de Marcelo di Marco



Aparece en septiembre






Se presentará el 26 de septiembre a las 19 horas, en Sarmiento 1551, Centro Cultural San Martín, Sala D









miércoles, 5 de mayo de 2010

Discurso del Papa sobre la Santa Misa Benedicto XVI no señala “abusos” sino males graves y profundos


Mario Caponnetto

1. El Santo Padre Benedicto XVI dirigió, el pasado 15 de abril, un Discurso a los Obispos de Brasil (Región Norte 2), en ocasión de la visita ad limina, en el que se contiene una clara advertencia respecto de ciertas graves distorsiones que afectan, nada menos, que el sentido y la naturaleza de la Santa Misa. A modo de Apéndice de este comentario el lector podrá hallar el texto completo de dicho Discurso.
El Discurso no tuvo, a nuestro juicio, toda la difusión que la capital importancia del tema requiere. Algunos medios católicos publicaron una versión resumida, por ejemplo, la Agencia Informativa Católica Argentina (cf. Boletín de AICA, 30 de abril de 2010) que, además, demoró quince días en dar la noticia. Un tiempo excesivamente largo si se tiene en cuenta la creciente aceleración de la velocidad informativa que vivimos. Pero, además de la demora, lo que llama la atención en el resumen de AICA (y lo mismo en el de otras agencias) es el título que encabeza la noticia: El Papa señala abusos en la celebración de la santa Misa.
2. Y aquí nos vemos obligados a una primera y fundamental aclaración: el Santo Padre en ningún momento de su Discurso hace referencias a “abusos”, ni siquiera menciona dicha palabra una sola vez. Es que no se trata de abusos. Abusar significa “usar mal, excesiva, injusta, impropia o indebidamente de algo o de alguien”, según el Diccionario de la RAE. Pero el Papa se refiere a otra cosa, mucho más grave: en efecto, en el comienzo de su Discurso, el Santo Padre hace explícita referencia a una situación eclesial -muy extendida, agregamos-que consiste en prestar “una menor atención” al culto del Santísimo Sacramento. Esta menor atención es, a su vez, “indicio y causa del oscurecimiento del sentido cristiano del misterio, como sucede cuando en la Santa Misa ya no aparece como preeminente y operante Jesús, sino una comunidad atareada con muchas cosas en vez de estar en recogimiento y de dejarse atraer a lo Único necesario: su Señor”.
Es evidente que lo que preocupa al Papa es mucho más que un “abuso”. Lo preocupan, por el contrario, una negligencia, rayana en el desprecio, hacia la Sagrada Eucaristía y una progresiva sustitución de la presencia operante de Jesucristo por un creciente e indebido protagonismo de una comunidad dominada por el desasosiego y el activismo esencialmente contrarios a la adoración y a la alabanza.
Conviene recordar que estos dos elementos apuntados por el Santo Padre, negligencia y activismo que enajena la actitud contemplativa y adorante, configuran un grave vicio moral muy bien conocido por los Doctores y los Santos: nos referimos a la acedia. Santo Tomás la define como “una cierta tristeza que procede de un rechazo del afecto humano por el bien espiritual divino; tal rechazo, en efecto, es manifiestamente contrario a la caridad que se adhiere al bien espiritual y se deleita en él” (De malo, XI, a 3, corpus). Esta tristeza, que consiste en un auténtico pesar por la presencia de lo divino (el acédico no soporta a Dios, en definitiva) se oculta, muy a menudo, bajo la apariencia de un activismo febril, suerte de agitación y de desasosiego espiritual. Por tanto, desde el comienzo mismo de su Discurso, el Santo Padre no apunta a un abuso sino a un vicio moral capital.
3. Continúa el Papa señalando la enorme distancia que separa a quienes “en nombre de la inculturación, caen en el sincretismo introduciendo ritos tomados de otras religiones o particularismos culturales en la celebración de la Santa Misa” del verdadero culto y de la auténtica liturgia. Y añade: “El misterio eucarístico es un «don demasiado grande -escribía mi venerable predecesor el Papa Juan Pablo II- para soportar ambigüedades y reducciones», particularmente cuando, «despojado de su valor sacrificial, es vivido como si en nada sobrepasase el sentido y el valor de un encuentro fraterno alrededor de la mesa» (Enc. Ecclesia de Eucharistia, 10)”.
Tampoco aparecen aquí referencias a “abusos”; antes bien, lo que se señala con claridad inequívoca, es la desnaturalización de la Sagrada Eucaristía que, despojada de su esencia de sacrificio, queda reducida a un mero encuentro fraterno, a una “comida de la amistad”, a una “fiesta”, como con harta frecuencia se insiste en afirmar desde las “rúbricas” y los “cantitos” festivos que acompañan las celebraciones litúrgicas. No, no se trata de “abusos”. Es algo mucho más grave: es el cambio de la lex orandi que arrastra tras de sí el cambio de la lex credendi, esto es, la adulteración de la Fe.
4. Pero donde las palabras de Benedicto XVI calan profundo es cuando ponen al descubierto aquello que está en la base de esta gravísima adulteración de la Fe y de la Liturgia. El Papa lo define como “una mentalidad incapaz de aceptar la posibilidad de una real intervención divina en este mundo en socorro del hombre […] La confesión de una intervención redentora de Dios para cambiar esta situación de alienación y de pecado es vista, por cuantos participan de la visión deísta, como integrista, y el mismo juicio se formula a propósito de un signo sacramental que hace presente el sacrificio redentor. Más aceptable, a sus ojos, sería la celebración de un signo que corresponda a un vago sentimiento de comunidad”.
Pero, ¿no está, acaso, el Santo Padre, nombrando aquí, con todas sus letras, al inmanentismo radical que subyace en la base de la civilización contemporánea? ¿Qué otra cosa es esa mentalidad incapaz de aceptar la intervención de Dios en socorro del hombre que la más radical expresión del principio de inmanencia y del secularismo que invaden y asfixian al mundo de nuestro tiempo? ¿Qué otra cosa es ella que el programa del hombre autosuficiente, separado de Cristo y de su Iglesia? Mysterium iniquitatis!
Es fácil advertir en este último punto, más que en cualquiera de los otros arriba mencionados, que el término “abuso” no sólo es absolutamente inadecuado para referirse, en el caso que comentamos, al pensamiento del Papa sino que es un eufemismo -si inocente o no, sólo Dios lo sabe- con el que se pretende cubrir o disimular la gravedad y la profundidad del mal que hoy aqueja a la Iglesia.
Pero cubrir o disimular el mal es hacerse cómplice de él. Al quien le caiga el sayo…

Apéndice

Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los obispos de la Conferencia Episcopal del Brasil (Región Norte 2) en visita “ad limina Apostolorum”

Jueves 15 de abril de 2010

Amados hermanos en el Episcopado,
Vuestra visita ad Limina tiene lugar en el clima de alabanza y júbilo pascual que envuelve a toda la Iglesia, adornada con los fulgores de la luz de Cristo Resucitado. En Él, la humanidad atravesó la muerte y completó la última etapa de su crecimiento penetrando en los Cielos (cf. Ef 2, 6). Ahora Jesús puede libremente volver sobre sus pasos y encontrarse como, cuando y donde quiera con sus hermanos. En su nombre, me complace acogeros, queridos pastores de la Iglesia de Dios peregrina en la Región Norte 2 de Brasil, con el saludo hecho por el Señor cuando se presentó vivo a los Apóstoles y compañeros: “La paz esté con vosotros” (Lc 24,36).
Vuestra presencia aquí tiene un sabor familiar, pues parece reproducir el final de la historia de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 33-35): habéis venido a contar lo que ha pasado a lo largo del camino hecho con Jesús por vuestras diócesis diseminadas en la inmensidad de la región amazónica, con sus parroquias y otras realidades que las componen, como los movimientos y nuevas comunidades y las comunidades eclesiales de base en comunión con su obispo (cf. Documento de Aparecida, 179). Nada podría alegrarme más que saberos en Cristo y con Cristo, como testimonian los informes diocesanos que me habéis enviado y que os agradezco. Estoy agradecido de modo particular a monseñor Jesús Maria Cizaurre por las palabras que acaba de dirigirme en nombre vuestro y del pueblo de Dios confiado a vosotros, confirmando su fidelidad y adhesión a Pedro. A vuestro regreso, aseguradle mi gratitud por estos sentimientos y mi Bendición, añadiendo: “Realmente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34).
En aquella aparición, las palabras – si las hubo – se diluirían en la sorpresa de ver al Maestro vuelto a la vida, cuya presencia dice todo: Estaba muerto, mas ahora vivo y vosotros viviréis por Mi (cf. Ap 1,18). Y, por estar vivo y resucitado, Cristo puede convertirse en “pan vivo” (Jn 6, 51) para la humanidad. Por eso siento que el centro y la fuente permanente del ministerio petrino están en la Eucaristía, corazón de la vida cristiana, fuente y culmen de la misión evangelizadora de la Iglesia. Podéis así comprender la preocupación del Sucesor de Pedro por todo lo que pueda oscurecer el punto más original de la fe católica: hoy Jesucristo continúa vivo y realmente presente en la hostia y en el cáliz consagrados.
La menor atención que en ocasiones se presta al culto del Santísimo Sacramento es indicio y causa del oscurecimiento del sentido cristiano del misterio, como sucede cuando en la Santa Misa ya no aparece como preeminente y operante Jesús, sino una comunidad atareada con muchas cosas en vez de estar en recogimiento y de dejarse atraer a lo Único necesario: su Señor. Al contrario, la actitud primaria y esencial del fiel cristiano que participa en la celebración litúrgica no es hacer, sino escuchar, abrirse, recibir… Es obvio que, en este caso, recibir no significa permanecer pasivos o desinteresarse de lo que allí acontece, sino cooperar – porque nos volvemos capaces de actuar por la gracia de Dios – según “la auténtica naturaleza de la verdadera Iglesia. Esta, en efecto, tiene la característica de ser, al mismo tiempo, humana y divina, visible y dotada de realidades invisibles, ferviente en la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y sin embargo peregrina, pero todo esto de tal forma que lo que en ella es humano se ordene y subordine a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, la realidad presente a la ciudad futura hacia la que nos encaminamos” (Const. Sacrosanctum Concilium, 2). Si en la liturgia no emergiese la figura de Cristo, que está en su principio y que está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, completamente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora.
¡Qué distantes están de todo esto los que, en nombre de la inculturación, caen en el sincretismo introduciendo ritos tomados de otras religiones o particularismos culturales en la celebración de la Santa Misa (cf. Redemptionis Sacramentum, 79)! El misterio eucarístico es un “don demasiado grande – escribía mi venerable predecesor el Papa Juan Pablo II – para soportar ambigüedades y reducciones”, particularmente cuando, “despojado de su valor sacrificial, es vivido como si en nada sobrepasase el sentido y el valor de un encuentro fraterno alrededor de la mesa” (Enc. Ecclesia de Eucharistia, 10). Subyacente a las varias motivaciones aducidas, está una mentalidad incapaz de aceptar la posibilidad de una real intervención divina en este mundo en socorro del hombre. Este, sin embargo, “se descubre incapaz de rechazar por sí mismo los asaltos del mal, de modo que cada uno se siente como encadenado” (Const. Gaudium et spes, 13). La confesión de una intervención redentora de Dios para cambiar esta situación de alienación y de pecado es vista, por cuantos participan de la visión deísta, como integrista, y el mismo juicio se formula a propósito de un signo sacramental que hace presente el sacrificio redentor. Más aceptable, a sus ojos, sería la celebración de un signo que corresponda a un vago sentimiento de comunidad.
Pero el culto no puede nacer de nuestra fantasía; sería un grito en la oscuridad o una simple autoafirmación. La verdadera liturgia supone que Dios responda y nos muestre cómo podemos adorarlo. “La Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía, precisamente porque el propio Cristo se dio primero a ella en el sacrificio de la Cruz” (Exort. ap. Sacramentum caritatis, 14). La Iglesia vive de esta presencia y tiene como razón de ser ampliar esta presencia en el mundo entero.
“¡Quédate con nosotros, Señor!” (cf. Lc 24, 29): así están rezando los hijos e hijas de Brasil camino hacia el XVI Congreso Eucarístico Nacional, que se celebrará de aquí a un mes en Brasilia y que de este modo verá el jubileo áureo de su fundación enriquecido con el "oro" de la eternidad presente en el tiempo: Jesús Eucaristía. Que Él sea verdaderamente el corazón de Brasil, de donde venga la fuerza para que todos los hombres y mujeres brasileños se reconozcan y ayuden como hermanos, como miembros del Cristo total. Quien quiera vivir, tiene dónde vivir, tiene de qué vivir. ¡Que se acerque, que crea, que entre a formar parte del Cuerpo de Cristo y será vivificado! Hoy y aquí, todo esto deseo a la esperanzada parcela de este Cuerpo que es la Región Norte 2, al conceder a cada uno de vosotros, extensiva a vuestros colaboradores y a todos los fieles cristianos, la Bendición Apostólica.

[Traducción del original portugués por Inma Álvarez]

miércoles, 20 de enero de 2010

Mario Bunge y las palomas de Flourens

Mario Caponnetto

Mario Bunge es uno de los últimos sobrevivientes del cientificismo decimonónico. Su reloj filosófico atrasa casi un siglo; y como no tiene ojos para ver la Verdad sin tiempo su condición es realmente penosa. No se da cuenta de que el racionalismo que profesa ha generado múltiples reacciones en la filosofía contemporánea, reacciones que, en su mayoría, han terminado llevándose por delante la misma razón, es cierto. Bunge se vuelve contra tales expresiones del irracionalismo -y hay que reconocer que casi siempre con justa causa-; pero en vez de enfrentarlas con la propuesta de una razón abierta a la plenitud de lo real se abroquela en su racionalismo perimido, exacerbado y malhumorado. Así anda a los tumbos, tirando piedras acá y acullá, con manotazos de ciego. Me hace acordar a las palomas descerebradas de Flourens. En efecto, el gran fisiólogo francés Pierre Flourens fue el que inició, en el siglo XIX, el método experimental para investigar el sistema nervioso. Solía para ello producir lesiones experimentales en el cerebro o en el cerebelo de palomas y observar el comportamiento de aquellos animalitos. Pues bien, las palomas -privadas de la indemnidad de su cerebelo- no sólo no podían ya volar: tampoco podían andar sobre la tierra pues, afectadas de ataxia cerebelosa, no acertaban a dar un paso en dirección correcta hasta que, finalmente morían, pobres y pequeños manojos de carne y plumas.
El pasado 17 de enero Mario Bunge escribe en el diario Perfil un artículo en el que una vez más hace gala de su ataxia filosófica. La nota, pomposamente rotulada como un “ensayo” -no sabemos si por el propio autor o por la redacción del diario-, lleva por título Los hijos de Heidegger, serviles del autoritarismo. En ella recuerda Bunge una nota anterior suya contra el existencialismo y, en especial, contra Heidegger al que califica de “delincuente cultural” porque, sostiene, “acuñó moneda intelectual falsa”. Pero, en realidad, esta vez los picotazos de paloma descerebrada van dirigidos contra “los primeros existencialistas criollos” (es decir, argentinos) a quienes acusa de ser serviles de todos los gobiernos “autoritarios” que ha padecido nuestro país. El razonamiento atáxico de Bunge es este: puesto que Heidegger es un pseudo filósofo y, por añadidura, nazi, sus epígonos argentinos son, por necesidad, tan falsos filósofos y tan nazis como su mentor alemán. Juicio inapelable que no admite réplica.
La nota está llena de exabruptos y de consideraciones que no me interesa comentar ahora. Tampoco me interesa ensayar una defensa de Heidegger ni del existencialismo: no habito filosóficamente en esas latitudes y doy por sentado que tanto el uno como el otro tienen quienes los defiendan mejor de lo que yo pudiera hacerlo. Aunque, de todos modos, estimo que Heidegger y su obra merecen, cuanto menos, un poco de respeto. Sí me interesa, en cambio, y mucho, salir en defensa de la venerable memoria de mi maestro, Jordán Bruno Genta, contra quien Bunge intenta varios picotazos de paloma moribunda.
Vamos por parte: poner a Genta entre los “hijos” criollos de Heidegger es un grueso error de clasificación, de casillero; es casi como afirmar que Carlos Marx es un Padre de la Iglesia. Es notorio que respecto de Genta Bunge no tiene más fuentes de información que una serie de confusiones de fechas y de escenarios a las que suma algunas de las viejas calumnias y las antojadizas especies echadas a andar por los enemigos políticos de aquel desde los lejanos tiempos de su actuación universitaria en los años 40: así, lo hace nacer Giordano Bruno sin reparar que se trata de una grosera falsedad, tantas veces refutada con el Acta de Nacimiento en la mano; le inventa una supuesta amistad con Carlos Astrada, con quien habría introducido a Heidegger en la Argentina; sostiene que hizo su carrera universitaria “a la sombra de la dictadura fascista y ultracatólica que subió al poder con el golpe militar del 4 de junio de 1943” ignorando que esa carrera comenzó en Santa Fe en el año 1934 y que todas las cátedras fueron ganadas por concurso de oposición y antecedentes; afirma que fue cesanteado junto con Astrada en 1955 a la caída de Perón cuando es más que notorio, público y documentado que Genta, enfrentado a Perón desde los tempranos días del GOU, fue dejado cesante en 1945; finalmente sostiene que poco después (es decir de 1955 el año de la supuesta cesantía) fue asesinado “por el grupo guerrillero trotskista, que lo acusó de haber sido la musa de la Fuerza Aérea, la más fascista de las tres Fuerzas Armadas” sin haber reparado que Genta fue asesinado por un comando del “ERP 22 de agosto” en octubre de 1974. Diecinueve años después no es “poco tiempo después”. Aquí a la ataxia se ha sumado, evidentemente, la desorientación témporo-espacial.
Mención aparte merece el breve período en el que Genta fue Rector Interventor de la Universidad del Litoral, cargo sí al que accedió por expresa decisión del Gobierno Militar surgido del pronunciamiento del 4 de junio de 1943. A Genta se le encomendó una misión: restablecer la vida universitaria desquiciada tras años de Reforma y dominada por una anquilosada mentalidad positivista y laicista cerrada a toda apertura y renovación del pensamiento. Tal como lo señaló Genta en su discurso de asunción del Rectorado, el lema de aquella Universidad era este: “Hay que desaristotelizar la Universidad”. Era el lema de la barbarie impuesto en nombre de la razón y de la libertad. Genta emprendió la tarea con todo su entusiasmo juvenil, con la pasión y el ardor que caracterizaron su magisterio a lo largo de toda su vida. La reacción no se hizo esperar. Se puso en marcha una campaña sostenida de difamación y de ataque permanente que llegó, incluso, al extremo del amedrentamiento físico contra la familia del Rector; en efecto, un grupo de activistas reformistas exaltados rodeó, un día, a la hija del matrimonio Genta que paseaba por la calle, con evidente ánimo de agresión; felizmente la decidida acción de la niñera que cuidaba de la pequeña evitó mayores consecuencias. Así las gastaban los mentores de la libertad, la razón, la ciencia y la democracia universitaria. Fueron épocas agitadas y turbulentas. Alguna vez habrá que escribir sine ira et studio la historia de esos días.
Bunge termina su nota atribuyendo a Bergson una frase de Ortega y Gasset: “la claridad es la cortesía del filósofo”. Digamos que también lo es la verdad y la exactitud de los datos que se manejan. Tal vez hubiera sido un gesto de cortesía de parte del señor Bunge consultar alguno de los tantos manuales de historia de la Filosofía en la Argentina. Habría evitado, de este modo, confundir a los desprevenidos lectores con la historia de un Genta heideggeriano y peronista que sólo existe en su imaginación de filósofo ofuscado.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Meditación de Navidad


1. La admirable pedagogía de la Iglesia, en este santo tiempo del Adviento, nos va conduciendo, gradualmente, a la contemplación del Misterio de la Encarnación del Verbo. En los siete días anteriores a la víspera de la Navidad, la Liturgia de las Horas nos propone unas hermosas antífonas que preceden al Canto del Magnificat, en la Hora de Vísperas, llamadas “las antífonas de la Oh” pues todas ellas comienzan con esa interjección que expresa la admiración y la alegría del alma ante el Misterio. Rezarlas, ya sea solas a modo de un septenario, ya integradas en la lectura de las Horas, constituye un saludable ejercicio que nos prepara para celebrar mejor la Santa Natividad del Señor.
Pongamos nuestra atención en la primera de esas antífonas, la correspondiente al día 17 de diciembre. Dice así:
¡Oh, Sabiduría, salida de los labios del Altísimo, que abarcas de uno a otro confín, que dispones todas las cosas con suavidad y firmeza, ven y enséñanos el camino de la prudencia!
Es interesante reparar en este hecho: la primera de las antífonas, justamente la que inicia el septenario, es una invocación a la Sabiduría Divina, que procede de los labios de Dios, que todo lo abarca y todo lo dispone y a la que le imploramos el camino de la prudencia. Hay, aquí, sin duda, en primer lugar, una fuerte impostación trinitaria: la Sabiduría que sale de los labios del Altísimo, en efecto, no es sino la Palabra pronunciada ab aeterno por Dios, el Logos, el Verbo coeterno del Padre, el Hijo Unigénito, que se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1, 14). Pero hay, también, y por lo mismo, una alusión directa al Misterio de Cristo pues Cristo es, propiamente, la Sabiduría por la que todo fue hecho y restaurado. Como enseña el Apóstol: Cristo es el poder y la sabiduría de Dios... y ha sido constituido por Dios en sabiduría nuestra (1 Cor. 1,24.30). La Navidad, pues, es la celebración adorante de la Sabiduría de Dios hecha carne para nosotros.
2. Santo Tomás de Aquino, en el Proemio que antepone a su comentario del Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, comienza precisamente citando el texto de Corintios. Y agrega a continuación: “Con lo cual no quiso decir que sólo el Hijo sea Sabiduría, puesto que tanto el Padre como el Hijo, como también el Espíritu Santo, son una misma Sabiduría, así como son una misma esencia; sino que la sabiduría se dice con cierta propiedad del Hijo, debido a que las obras de la Sabiduría parecen convenir mucho con las obras que son propias del Hijo” (In Sententiarum, prooemium).
Ahora bien, ¿cuáles son esas obras de la Sabiduría que más parecen convenir con las obras propias del Hijo? El Aquinate las enumera y analiza con su habitual precisión. Son tres: la manifestación de las cosas ocultas de Dios, la producción de las obras de la creación y la restauración de esas mismas obras.
Por Cristo-Sabiduría lo escondido de Dios se hace visible. Todo lo que estaba oculto en la semejanza de las creaturas o en los enigmas de la Sagrada Escritura, fue revelado plenamente por Cristo. Santo Tomás compara esas cosas ocultas a los ríos derramados por la Sabiduría Divina (Eclesiástico, 24, 40). Por eso dice: “Vino el Hijo de Dios, y como que derramó aquellos contenidos ríos, publicando el Nombre de la Trinidad” (In Sententiarum, prooemium).
También por Cristo-Sabiduría fueron hechas todas las cosas pues todo lo hizo Dios por su Sabiduría. “Y esto también -continúa Tomás- se encuentra atribuido en forma especial al Hijo, en cuanto que es imagen de Dios invisible, según cuya forma todo recibió forma” (ibídem).
Finalmente, la creación toda fue reparada por el Hijo-Sabiduría: “En tercer lugar, corresponde a la Sabiduría de Dios la restauración de las obras pues una cosa debe ser reparada por aquello mismo por la que fue hecha. Por tanto, es necesario que las cosas que han sido constituidas por la Divina Sabiduría sean reparadas por esa misma Sabiduría. Ahora bien, esta reparación fue hecha especialmente por el Hijo -en cuanto que Él se hizo hombre- el que, una vez reparada la condición humana, reparó, de alguna manera, todo cuanto fue hecho en razón del hombre” (ibidem).
Este Proemio de Santo Tomás contiene, según opinión de los especialistas, un anticipo del plan de la Teología del Angélico, plan que luego llevará a su plena realización en la Suma de Teología; y resuta fácil advertir en este plan la centralidad de la Encarnación. Pero independientemente de esto, no hay dudas de que este Prólogo es un magnífico fresco en el que el genio de Aquino plasma la entera economía de la creación y de la salvación del Universo y despliega ante nuestros ojos la más alta y soberana visión de esa divina economía en la que el Misterio de la Encarnación del Verbo constituye el centro y la clave.
3. Todavía hay más. En la misma obra, antes de comentar el Libro Tercero, hallamos otro Proemio de Tomás, más breve y conciso pero que cala más hondo aún en la contemplación de aquel Misterio. El Libro Tercero, de los cuatro que componen la obra de Pedro Lombardo, trata precisamente de la Encarnación. Tomás pone, a modo de epígrafe, un texto de la Sagrada Escritura tomado del Eclesiástico 1, 7: Los ríos retornan al lugar del que salieron para volver a fluir.
Estos ríos, según la exégesis de Santo Tomás, representan todos los bienes creados, tanto los corporales como los espirituales, con los que Dios colma a sus creaturas; ríos que “se encuentran separadamente en las otras creaturas pero en el hombre están, en cierto modo, reunidos: el hombre, en efecto, es como el horizonte y el confín entre la naturaleza espiritual y corporal, como un medio entre ambas que participa de los bienes espirituales y corporales” (In III Sententiarum , prooemium). Magnífica lección de auténtica antropología que le permite concluir a Tomás: “por eso, cuando la naturaleza humana por el misterio de la encarnación se unió a Dios, todos los ríos de los bienes naturales vovieron a su principio”.
Ahora, de la mano del Aquinate, nuestra mirada llega aún más hondo. En la Encarnación del Verbo toda la creación vuelve a su principio a la manera de esos ríos que saliendo de Dios retornan a Él para volver a fluir.
Conmueve fuertemente esta imagen de los ríos, reunidos en el hombre, que vuelven a su origen por la Encarnación del Verbo. Esta idea que, restaurado el hombre, toda la creación es restaurada con él, resume, repetimos, una visión soberana y suprema del Universo y de la Historia de la Salvación que sólo el genio del Aquinate pudo alumbrar. Pero este alumbramiento no sólo conmueve nuestra inteligencia. Nos arrebata, por cierto, a las cimas de la contemplación pero para hacernos caer, de inmediato, en la adoración orante del Misterio.
¿Cómo no caer de rodillas fente a la Cuna en la que yace, tiembla y llora, esa Divina Sabiduría por la que todo fue hecho y restaurado y a la que regresan, como a su fuente, todos los ríos de los bienes creados? ¿Cómo no adorar a ese Niño por el que vuelve hacia nosotros el manantial inagotable de esos ríos que nos anega en la inmensidad inefable de la Gracia?
¡Feliz Navidad!

Mario Caponnetto